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martes, 24 de mayo de 2011

El amo

En el año 2007, Mourinho, entrenador del Chelsea, acusó a los árbitros ingleses de favorecer reiteradamente al Manchester United. “No creo que se me pueda castigar por decir la verdad…”, era su argumento preferido en las comparecencias ante los periodistas. Cristiano Ronaldo, a la sazón jugador del equipo rival, le contestó así en una ocasión: “Mourinho siempre tiene algo que decir para desviar la atención cuando las cosas le salen mal; cuando se equivoca nunca lo reconoce”. La réplica no se hizo esperar: “a CR le falta madurez, quizás se deba a la difícil infancia que tuvo, a su pobre educación”.
Este es el tipo de personaje tóxico para el que todo vale si logra salvarse a sí mismo. Al que el respeto al oponente poco le importa si consigue convertir “su verdad” en la verdad oficial del club que le paga. Aunque sea a costa de arrastrar a directivos y afición a territorios de victimismo y confrontación desconocidos hasta este momento en el Real Madrid.
Con la narrativa de la conspiración, Mourinho proporciona a los seguidores un discurso sencillo, muy útil para afrontar las frustraciones. Bastan unas palabras de fingido abatimiento moral –todo un monumento a la demagogia su rueda de prensa después del primer clásico-, para que los medios afines comulguen con la idea, y la afición, en vez de criticarle como sería lo normal, sienta ganas de ampararle ante la persecución que supuestamente padece. Una estrategia burda pero muy eficaz. Repárese en los resultados obtenidos tras su aplicación por el señor Camps en Valencia. Similares a los de Mourinho.
Un club de la categoría del Madrid no debería consentir el discurso sollozante e insidioso de un entrenador al que paga una millonada y ha fracasado a pesar de contar con un equipo de ensueño. Su condición de víctima le permite ocultar su propia responsabilidad y evitar las preguntas realmente pertinentes. ¿Por qué en vez de de luchar por una Liga todavía alcanzable, sale a jugar en el Bernabéu contra el Barça, como un equipo pequeño que da por sentada de antemano la superioridad del rival? ¿Por qué un entrenador “tan bueno” como él, no busca imponer un estilo de juego acorde con los jugadores que tiene, capaces, cuando se ven liberados de sus ataduras tácticas, de demostrar jornada tras jornada su enorme capacidad goleadora?
Es para evitar las respuestas que quizá le pondrían de patitas en la calle, por lo que Mourinho se apunta a la irracionalidad y al resentimiento, embarrando el terreno y enfangando el ambiente. En un modelo parecido a los políticos que no admiten preguntas en las ruedas de prensa o acusan al periodista incómodo e insistente, de parcialidad contra su partido. Todo vale antes de reconocer la derrota, los errores propios o la falta de un verdadero proyecto colectivo.
De ese tipo de discursos tóxicos que tergiversan los hechos y niegan la evidencia, no es fácil escapar. Sobre todo si se vinculan a tu equipo de siempre. Ya decía Vázquez Montalbán que no hay fidelidad como la del fútbol. Hace falta mucho sentido común, cuando el corazón está de por medio, para rechazar la realidad distorsionada que se nos ofrece. Pero siempre hay quién lo tiene. Javier Marías, madridista de toda la vida, escribió unos meses antes de las derrotas en Liga y Champions, un artículo sobre el entrenador portugués titulado: “El triste lo contamina todo”. Después fue Di Stefano, santo y seña del madridismo, quién dijo: “Mourinho hace jugar al Madrid como un ratón, mientras el Barça juega como un león”.
Un gran club, capaz de jugar el miércoles en Murcia con todos sus titulares a beneficio de los damnificados por el terremoto de Lorca, no se merece a este tipo. Por muy amo del cotarro que pretenda ser.

domingo, 18 de abril de 2010

El método Guardiola

El método es la forma de hacer con orden una cosa. El conjunto de reglas, lecciones y ejercicios para aprender o enseñar algo. Una manera de proceder que nos hace inconfundibles, distintos y únicos. Los vagos huyen del método. Les hace trabajar aunque no quieran.
El método compromete y ampara. Ni simplifica ni vulgariza. Iguala por arriba, no por abajo. No es aburrido: de las ramas del método pueden crecer las flores más hermosas. Los grupos humanos que lo comparten, que juntos lo han aprendido, son armoniosos y solidarios. Abiertos, flexibles y curiosos, acogen al recién llegado con naturalidad y le enseñan sin temor los caminos donde resulta fácil encontrarse.
El método es valiente. Se basa en convicciones. Es coherente y fértil. No hay estilo sin método. Tan sólido como elástico, en él se encuentra el pincel para pintar, la arcilla para modelar y el escenario para vivir sin sucumbir a la incertidumbre. Método para estudiar, para producir, para crear... El método no garantiza el éxito, pero lo convierte en memorable.
Guardiola es método en estado puro. Su guardián más exigente. El que lo mira, lo gira, lo adorna y lo luce. El que nunca lo esconde. Pep es pasión de trabajo incansable. De compromiso en la búsqueda de la perfección y la excelencia. Dulce y elegante. Respetuoso y amable. Sus padres piensan que es “un enfermo del fútbol”. Quizás sí, pero enfermo enamorado de un curioso juego que, sin explicación lógica, atraviesa el mundo con un lenguaje común que nadie traduce pero todos entienden.
Guardiola es parco en palabras. Sintético. Ni un pase más de los necesarios. Tampoco menos. Cuando era jugador “con un toque resumía cinco jugadas”, dice Manuel Vicent. Cruyff sembró la semilla de la idea y Pep ordenó lo que llevaba años brotando. Le concedió un discurso, una escalera firme para alcanzar el triunfo. Sin buscarlo desesperadamente. Sin prisas. Perfeccionando el modelo en sus infinitas variantes. Trabajando noche y día. Contagiando intensidad a los suyos. Divirtiéndose y divirtiendo.
Pensando mucho. “Pep piensa hasta cuando duerme. Ya era así de jugador, pensaba más que corría”, afirma Carlos Naval, el eterno delegado que tantas horas pasa a su lado. Tal como ahora hace Xavi, su heredero natural.
Guardiola es humilde por convicción. No es una pose. Es su forma de estar en el mundo. Con lo que más disfruta es con los brotes verdes de la cantera. Sabe que serán su mejor legado: un ramillete de jugadores con el método Guardiola en los genes. Cada año, uno o dos nuevos. Para acompañar al genio de Messi. Para hacerlo posible.
Meticuloso y comprometido, su confianza en el método grabado a fuego en el conocimiento de sus jugadores ha hecho desaparecer los fantasmas que durante tanto tiempo atenazaron al Barça. Ha saldado las cuentas con la historia. El Real Madrid es sólo un rival más. Ha dejado de ser el verdugo inexorable del gol en el último minuto, del penalti injusto que nos “roba” el título... Hoy, el Barça es un equipo siempre reconocible que trasciende pequeños localismos o simbólicas identidades para ser patrimonio universal del fútbol.
Ahora, en un momento en el que faltan referentes que transmitan a las nuevas generaciones los valores del esfuerzo, la pasión y la inteligencia, el método Guardiola es una excelente noticia. Hasta para los del Madrid.