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sábado, 8 de mayo de 2010

Mayo

En Mayo es fácil ser feliz. Y además es gratis. Leonardo Sciascia decía que "la felicidad es un instante". Y la vida en Mayo está llena de esos instantes. También este año, por mucho que “los mercados” se empeñen en lo contrario.
De joven uno prefiere no ser consciente de los momentos de felicidad. Para que no se destruya el hechizo. Da como vergüenza reconocerlo. La vida va tan rápido y hay tantos caminos por recorrer que pararse a sentir parece peligroso. Ya habrá tiempo, nos decimos. En cambio, cuando la vida pasa y los años nos van llenando el alma, debería conjurarse ese temor. Y disfrutar sin tasa de los momentos felices. Y contárselo a los amigos.
Por eso ahora, cuando siento el calor del sol empujando los cristales de la ventana, me gustaría enumerar alguno de esos instantes sin otro objetivo que contarlos. Contar, por ejemplo, el atardecer en el mar de este fin de semana, mientras en la playa los surfistas recogían sus bártulos. O las páginas del periódico del domingo dejándome un rastro de tinta en los dedos, mientras lo leo tranquilamente al olor del café recién hecho. Y los percebes del sábado. Y la conversación con los amigos de anoche. O esa Liga que pronto será nuestra. O el último primor de Messi. Y el agua fresca que mitiga la sed despues de correr un rato por la orilla del mar. Y la música que estoy oyendo. Y la piel. Los miles de besos pronunciados. El recuerdo de “El Gatopardo”. El jamón de la cena...
Hay muchos modos de ser feliz. Cada uno tiene el suyo. Conozco gente que lo es por definición. Inasequibles al desánimo. Ruidosos. Contagiosos. Sencillos y sabios. Felices de sentirse felices. Conviene acompañarlos mientras te duren las fuerzas para seguir el ritmo. Al menos alguna vez. Para comprobar que son verdad.
Otros en cambio, se sienten felices en la intimidad. Escuchando sonidos que los demás no registramos. Detectando sensaciones en el silencio. Resultan más difíciles de reconocer, pero si te fijas, se les nota en la mirada felizmente serena. En general, necesitan poco para disfrutar. Son desapegados con lo material e inmunes a la ansiedad de poseer. Pienso en ellos cuando leo el “Cant Espiritual” de Joan Maragall: “No hay forma más exquisita de aristocracia que la de la intemperie. Cuando el hombre puede vivir tranquilamente fuera y sin miedo a nada ni a nadie de la tierra o el espacio”.
También hay hombres y mujeres para los que la felicidad consiste en amar y ser amado. Magníficamente dibujados en “Cosas que le diría con sólo mirarla”, emotiva película de Rodrigo García, el hijo de Gabo, sobre la soledad del desamor. Frágiles criaturas que viven en el precipicio que separa el dolor y la dicha. Protagonistas de los poemas anónimos.
Iré un poco más allá: amanecer en Abu Simbel, el hielo azul del glaciar, el respirar del volcán, la inmensa sabana, la elegancia del leopardo, el olor de la hierba, la hondura de José Tomás, aquel inmenso Rioja en Haro, el último baño de la tarde en el mar, el Camino de Santiago, la “andaina” de Allariz, las naranjas de Noviembre... De nuevo la piel y los besos, el “Azul” de Kieslowsky, Serrat, los ojos de la máscara de Tutankamon, el fin de la dictadura, los hijos, los hijos, los padres...
Tantas cosas felices. Orham Pamuk, premio Nobel de Literatura, define la felicidad como una atmósfera especial en la que nos encontramos de acuerdo con nosotros mismos. Y somos capaces de parar el tiempo y no pedir más.
Llega una nube que tapa el sol que calentaba la ventana. Todo el mundo puede encontrar motivos para ser feliz en Mayo. Basta con encontrar un rato para hacer la lista.