
Ocurre que de Nietszche a esta parte, las sociedades occidentales han cambiado mucho. La filosofía y el pensamiento han sido sustituidas por los libros de autoayuda llenos de fórmulas para estar mejor, para parecer mejor, para triunfar, para lograr el bienestar absoluto… Para alcanzar “el dorado” de la postmodernidad: la felicidad barata al alcance de la mano para el visitante del centro comercial el domingo por la tarde.
Las televisiones, la publicidad, ofrecen paraísos diversos a gusto del consumidor. Vivimos tiempos en que divertirse continuamente y no sufrir malestar físico o moral alguno se ha convertido en una obligación. Y no conseguirlo nos hace sentir desgraciados. El placer ya no es un estado circunstancial de la vida, sino un mandato en el presente continuo que habitamos. Ulises se ha soltado del palo mayor y cohabita, en la Itaca del siglo XXI, con las sirenas de las revistas y los programas del corazón.
Charlatanes contemporáneos y tecnologías infalibles compiten por presentar el dolor físico o moral como una experiencia gratuita fácil de evitar. Las consultas médicas rebosan de pacientes pidiendo soluciones para todo y no aceptando la ausencia de tratamientos sencillos y definitivamente resolutivos. Y si alguna duda les queda, ya habrá vecinas sabias o ilustres compañeros de trabajo para darles mejor consejo.
El sufrimiento es ahora una presencia obscena, un moderno tabú. Por eso cuando alguien se lo encuentra cara a cara, su primera reacción es de perplejidad. La siguiente es la ausencia de recursos para afrontarlo. Estamos configurados para construir cielos sobre la tierra, pero somos una sociedad frágil, en “riesgo permanente”, temerosa y desvalida. Por tanto inmadura e infantil, sometida a la dictadura de la seguridad absoluta. Reacciones histéricas como la de la gripe A lo ponen de manifiesto. Ni siquiera los creyentes aceptan el malestar como antaño, en la resignación de un estadio que les faculta para alcanzar una vida mejor. También ellos, igual que los demás, se atiborran de análgesicos, antidepresivos y ansiolíticos.
Pero resulta que la realidad es tozuda. Contra más huimos del malestar, más inaguantable resulta el que siempre queda en nuestras vidas. Ejemplo de ello es la demostración de que las sociedades que más recursos dedican a la sanidad son las que proporcionalmente más enfermas se sienten. Al menos las que más se quejan, quizás porque mostrarse satisfecho con el personal estado de salud, obliga a ser más generoso con los demás.
Una de las tareas de los próximos tiempos será terminar con la imposición de la diversión continua y preparar a las siguientes generaciones para acarrear dignamente con las incertidumbres y el malestar que el hecho de vivir y morir traen consigo. También para disfrutar, cuando llega, con la felicidad como un regalo, como un milagro de la existencia. Frente a los nuevos sacerdotes del decadente goce perpetuo, toca defender la escala de colores del bienestar que aporta el sentirse bien con uno mismo, tranquilo y preparado para lo que la vida le depare.