
Primero fue la inmolación de un modesto vendedor de frutas. La noticia en Facebook empujó a las calles a millones de tunecinos, desatando un huracán de ira que ya ha alcanzado Egipto y llegará en poco tiempo a Jordania, Yemen… Puede que también a Marruecos, Siria, Argelia… ¿Quizás incluso a las petromonarquías del Golfo? El desenlace inmediato de estos días de revolución es hoy imprevisible, pero ya nada será igual que antes de la muerte de Mohamed Buazizi.
Son paises distintos, pero el paisaje tiende a repetirse. Al principio de la revuelta están los jóvenes internautas. Luego llegan todos los demás: intelectuales y analfabetos, islamistas, mujeres con o sin hiyab, opositores largo tiempo escondidos, comerciantes… Una heterogénea constelación con un nexo comun: el hartazgo ante la pobreza y el subdesarrollo frente el enriquecimiento desaforado de la minoria dominante. Con el beneplácito de Occidente, obsesionado por la seguridad y el equilibrio geoestratégico. En suma, autocracia y complejidad cultural sin liderazgos sociales que trasciendan los clásicos poderes fácticos: el ejército y la religión.
Durante años, los gastos armamentísticos y la corrupción han sepultado las posibilidades de progreso económico y empobrecido el sistema educativo de estos estados "recien" descolonizados. El adoctrinamiento panarabista de los setenta y ochenta dió paso en los noventa a la islamización de una enseñanza abandonada por los poderes públicos. Por eso, ahora, la alternativa de poder a los sátrapas salientes parece estar en las organizaciones islamistas que llevan tiempo tejiendo redes sociales, dirigidas sobre todo al apoyo de los más desfavorecidos. A cambio de transmitir su teocrático mensaje. Como en otro tiempo hicieron nuestros misioneros en América y África.
Ocurra lo que ocurra estos días, a corto o medio plazo, los islamistas tienen todas las de ganar. No hay en estos paises tradición ni oposición política laica organizada, más allá de personalidades internacionales aisladas no demasiado aceptadas en sus pueblos de origen. Que nadie se lleve a engaño. La mayoría de los manifestantes que hoy llenan las calles de El Cairo pidiendo libertad, no creen en la igualdad de la mujer ni en algunas otras habituales señas de identidad de las democracias occidentales. Necesitan tiempo, educación plural y tolerancia para construir su propio camino. No es imprescindible la reproducción automática en esas latitudes de nuestro modelo de convivencia. El suyo puede ser distinto. Y su ritmo, diferente.
En todo caso, nada sería peor que la derrota y la desesperanza de millones de personas pidiendo un cambio para abrir el futuro. Abocaría inevitablemente a más fanatismo y más violencia. Occidente tiene, por tanto, que apostar sin miedo por su emancipación. Aunque de entrada coloque en el poder a las organizaciones islamistas. La seguridad ofrecida durante décadas por aliados corruptos como Mubarak o los reyes de Arabía Saudí o Marruecos, ha condenado a sus pueblos a la pobreza y a la ignorancia. Ya es tiempo de confiar en los ciudadanos del Norte de Africa y el Oriente Medio, liberados por fin del lastre de sus oligarquías. Se lo han ganado a pulso. Aunque puedan equivocarse. Esa es la esencia de la democracia que tanto predicamos.
Además, la pulsión de bienestar, paz y prosperidad que estos días ha estallado es el mejor antídoto frente al radicalismo. El islamismo moderado y democrático de Erdogan en Turquía puede ser un buen ejemplo a seguir. De los horrores y los errores del pasado también se puede aprender. Así se construye la historia. A veces, simplemente viendo en Internet pelar las barbas de los vecinos.