“Midnight in Paris” de Woody Allen. Un paseo onírico por las orillas del Sena buscando a los mitos de la literatura, del cine y la pintura que vivieron o pasaron por Paris en el siglo XX. Buscando la estética y el aroma de la Belle Epoque. Sin justificación concreta. Sin tesis ni hipótesis. Sólo por el placer de pasear y dar rienda suelta al glamour por antonomasia, al recuerdo de los ídolos artísticos y literarios en una suerte de pase de modelos de alta costura.
Película serena y tranquila, permite pasar el rato, pero no emociona ni convence. Tampoco engaña. A pesar de utilizar recursos tan mánidos como el túnel del tiempo o el espejo de Alicia. La verdad es que, de puro simple, el film apenas chirría. No busca suscitar la nostalgia, sólo el placer del paseo por una ciudad tan hermosa que ilumina cuanto en ella se desarrolla. Una obra menor de Woody Allen, más europeo que nunca, intentando devolver el favor al público que siempre ha reconocido su talento. Un hito más, en suma, del amplio circuito que el viejo director viene haciendo em los últimos años por el viejo continente. En ocasiones, con cierto aire de publireportaje. Un 6.
“Inside job” de Charles Fergusson. Una extraordinaria lección de economia. Dos horas para entender el origen de la crisis econômica que estamos viviendo aún, su desarrollo, sus consecuencias, sus autores y el terrible corolario lampedusiano: todo sigue igual, los culpables no han pagado por su avaricia y además nos siguen teniendo cojidos por los huevos. A Obama, tambien. Su gobierno, con algunos arreglos cosméticos, es en esencia el gobierno de Wall Street.
Un recorrido exhaustivo de guante blanco, filmado por un director que ha sido del club de los tiburones y los conoce bien. Por eso los caza en entrevistas inteligentes y sutíles que acaban poniéndolos contra la pared y obligándolos a salir por peteneras.
La película comienza en Islandia y describe en tres pinceladas como un país sin problemas, armónico, pequeño, en el que se había alcanzado un civilizado equilíbrio entre bienestar, justicia social y sostenibilidad ecológica se va al tacho, de la noche a la mañana, por la avaricia de la industria financiera allí instalada. Un excelente ejemplo de laboratorio para entender, en pequeña escala, lo que ha ocurrido en el conjunto de la economia global fagocitada por los llamados mercados. A los que Fergusson pone nombre y apellidos: Goldmann Sachs, Blackrook, políticos de los gobiernos de Reagan, Clinton y Bush reciclados en diversos cargos según llegaba la corriente, pero siempre en el puesto de mando efectivo. Al servicio del verdadero poder de hoy em dia: el de las finanzas especulativas.
Con la escandalosa connnivencia de los reguladores con los que debían ser regulados, con el sistemático bloqueo a las leyes molestas para la gran banca y las compañias de seguros, los hedge fund, las agencias de evaluación de riesgo... Dolorosa sorpresa es también descubrir el papel de comparsas interesadas de los economistas expertos en finanzas de las Universidades de EEUU (Harvard, Columbia...), cuyos informes ocultaron interesadamente la realidad por motivos espureos (Glenn Hubbard, John Campbell...).
Como muy bien titula Boyero en su crítica de la película: “la perpetua historia de la infamia” filmada en un documental excepcional. Un 8.5.
“Un cuento chino” de Sebastián Borensztein. Una película circular -muy argentina- sobre dos soledades enlazadas por sucesos increíbles. Tierna, a veces sensiblera, con un guión mediocre que, sin embargo, parece agigantarse plano a plano con la enorme figura de Ricardo Darin. Amplio y profundo en cada mirada. Como el tango de Malena -despacio, despacio-, nos inunda con su sentido antiguo de la justicia, de la solidaridad, de la indignación consecuente ante la prepotencia y la mentira: las dos miserias que le aíslan del mundo en su universo de cascarrabias. Blindado en sus trabajadas obsesiones. Un antihéroe de libro, fuerte y vulnerable a la vez. Magnífica la atmosfera que el director crea en esa relación imposible entre un chino abandonado y un argentino gruñón que se esconde del amor para no ser desarmado. En un encuentro diario de desayunos cargados de silencios, de gestos elocuentes, de supuestos compartidos, de dos corazones que buscan cobijo en la intemperie. Momentos y ocurrencias memorables, arritmias entreveradas en la trama y una austeridad encomiable en la producción - más teatral que cinematográfica-, conforman un conjunto irregular pero que merece la pena. Retórico quizás, un cuento chino en suma, que acaba como muchos cuentos, demasiado bien para la amargura que encierra. Un 7. 